lunes, 1 de enero de 2018

Carta de despedida


Empiezo esta historia,
con un corazón diluido
en múltiples fragmentos.

Pero, sin cortar agallas a los peces,
viven más absortos y vivos por la idea
de algún día respirar en burbujas,
para ver los rayos de sol nacer entre las fibras 
de las cabezas
de las palmeras 
más empotradas por el tiempo.


Me pregunto:

¿Entonces a quién, si no es el soldado en el espejo,
le pertenecen estas carnes, tan llenas de agujeros...?

La verdad, es que te extraño,
te extraño como la niebla extraña al mar,
como un escritor añora por un nuevo dolor
que le sirva de inspiración

para ver las calaveras fluctuar entre orejas.

Las ojeras...

Marcas hediondas,
¿Sus presencias?
sobre los hilos que cuelgan de mis cortes mal suturados.

Los tardes pasan, transmutando en días que se vuelven años,
y nosotros seguimos aquí, como arañas empujadas;
sin tregua, como polvo en los estantes, 
llenos, como colores muertos en 
un cementerio
vacío...


Las caras así se multiplican mientras
mi pecho se abre bruscamente por el más mínimo tacto 
de una palma tersa y dulce.

Entonces, a quién es si no eres tú,
a quién le he dedicado tantos versos no escritos.
A quién le doy el meteorito, que he atrapado entre mis párpados.
Qué hacer si las voces 
nacen como rostros encontrados.

Hace tiempo que estoy,
deseando de nuevo,
un cruce de miradas que me lance balas.
Un fuego etéreo que queme,
pero que no deje de abrigar.


Así, te encontré,
perdida entre las nubes falsas,
que te hicieron colorear, en el piso,
mientras mirabas el cielo tras el techo.

Te vi como una flor blanca entre piedras negras.
Un riachuelo onírico y estético
yendo en contra de la corriente,
a la que había jurado jamás matar.

Te vi como un desahuciado observa al sol.
Como un poeta a la Luna.
No me arrepentí de mostrarte
mis llagas favoritas.
Pero sí me arrepiento de dejarte entrar,
si pretendías terminar yéndote 
dejando la puerta abierta...


Flor, roja y negra.
Luz, cálida y monstruosa
mente radical, su tacto, 
es seda fina tejida con fibras de lava.
Su pasión, una supernova digna de alimentar
mi

agujero negro

aún hambriento y ansioso por domar.

Una tarea digna, para una estrella tan grande,
quién logró iluminar mi océano
hasta las sombras más oriundas.
Vi las orillas que hace años
no me atrevía a descifrar.
Y, entre los escombros hallé 

Escarcha dorada para dar

Te
fuiste rompiendo mis objetos más preciados.
Pero, en las memorias perdurarán
las promesas de una posibilidad.
Y, de tus listas escribiré,
los poemas que jamás te pude dedicar.

Ahora, ya no me queda tanto espacio,
para seguir trayendo palomas heridas por el frío.

Empiezo esta nueva película,
terminando la historia,
que jamás fue
pero que siempre

Voy a recordar.


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