En la posada
las campanas rechinan contra el viento
anacoreta.
Coqueta, entra la luz,
por los corchetes que dibujan
las sombras de los árboles al graznar.
Opuestos al solar,
las sonrisas de recuerdos cándidos,
caen como lluvia congelada:
cristales que reflejan, ostentosamente,
todos los lados más amargos del sol.
Somos solo, así, piezas, muebles.
Un aire entremezclado que conlleva,
los años como hojas en torbellino, ligero, sutil.
Sofisticado en tanto no se sabe dominar,
sin perforar tantas sombras duramadre.
De los berrinches caen, en avalancha,
los caprichos hechos a luz de luna llena,
y, en los calderos de remordimiento,
arde tajante la pasión
de un deseo demasiado voraz
para realizar...
Así, camina y se desliza, su presa,
la lengua humana.
Sus ojos nacientes en la nuca
plantan una expresión de cuchillo
Hacia el umbral.
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