No soy huérfano ni emigrante,
tampoco huyo de ninguna guerra,
al menos, ninguna que puedan agazapar mis manos.
No obstante, sigue así mi espíritu delirante,
dibujando círculos de humo en el cielo
mientras observo a las nubes quemar crisálidas...
La vida, pelar sus capas, frutas, centellas.
La muerte, sufrir lo placentero
del ver la luz.
Y es justo eso mismo, la costra dorada,
el ave que silba las melodías de arena.
El cielo escupe y no sabes qué hacer, plasmado
ves al tiempo deshilacharse en muchos cajones.
Sabes que es un mundo solitario,
sabemos que son voces, las tumbas.
Son azules azufres, zafiros.
Rubíes, magma caramelizado para empalagar.
Empalar, las cosechas de tinieblas que no nos dejan escapar.
La mente es entonces.
No más que otra simple coladera.
Y mis nervios son extensiones de la parte de mi alma
designada a ver lo que mis ojos son muy torpes,
¿inocentes?, para ver.
Mis años coagulan en metaformas de lo que soy.
Me vuelvo, progresivamente, no mejor que el caleidoscopio sideral,
y mi océano no se sabe conceptualizar
entre tanto maremoto.
Si todos hablan al mismo tiempo..
...qué se puede esperar.
Todo pasa por una razón,
perpendicular a la sombra de la suerte.
Y puede que seas más ciego
pero jamás un pensador pasajero.
Ahora el telón se cae.
Ahora el público grita y marcha.
Ahora la noche cae.
Es hora de ver al cielo sangrar.
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