Piedras diurnas son dialécticas de estalactitas
negras.
La noche se vuelve gemas que transmutan en sonido,
y mi sueño es puerto para las pesadillas más grotescas.
Huyo, recóndito,
extendiendo mis alas peladas por el aire desértico
de un cielo azafrán y turquesa
sin piedad.
El maremoto de corrientes azota sin misericordia.
Omnipotente, la obscuridad reclama
la tierra subyacente en cada corazón valiente,
y cada jardín áspero se vuelve una prosa calcinada.
Soy la gama. El rayo. La calamidad.
Soy el humano que devora la sombra de su esencia.
Y, satisfecho excreto
lo que mi orgullo me permite procesar en nutrientes.
No hay punto en quemar puentes cuando
el agua misma puede corroer los pilares.
No me quejo así,
de las caras que dejo atrás,
postradas, los golpeteos en eco rebotan
como murciélagos ciegos encelados, atrapados dentro de
las tinieblas cálidas de la caverna, que deciden llamar hogar.
Mi casa es el ángulo ciego
entre la yuxtaposición de mi mal y mi mirada.
Gritando así, exprimo mi alma
exánime con la esperanza
de conseguir otro arremeter de adrenalina.
De emoción, de placer...
de humanidad.
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