domingo, 15 de julio de 2018

D. Judos: Parte I


Un hombre ciego camina tropezando.

Su chaqueta es bermellón de coágulo,

aunque bien el cielo se vea negro como un mar de tinta

De rra Mada.


En su cigarrera, abundan víboras marrones,

de deshilachados presentares interiores.

Escupen humo mientras tragan candela para

sobrevivir 

la corta vida que empiezan cuando se disponen a morir.


El hombre, de cicatrizes voraces,

apaga su fuego tras sentenciar su víctima.

En el aire se respira un aroma hediondo a pestilencia.

La maldad se palpa como breas sobre el mar.


Tras la gabardina, una bala atraviesa perdida,

penetrando el ambiente sonoro como marca,

en la conciencia, los recuerdos:

Todos los momentos fallidos de dejarse ir.

Al éter aún pronto su partir.


El hombre aturdido, envaina su dragón de plata en mano.

Son seis cabidas para quemar,

de el alma de un hombre insano

su impuro despedir como 

fuentes de vasos sangrando.


El hombre corre cauteloso,

en su mirada solo hay espacio para una bestia en busca

de la misma carne que le quisieron arrebatar.

Los dientes suenan como chasquean,

tronando rabia para procesarla en fuerza.


A lo lejos, se divisa tras la niebla,

un almacén rodeado por tinieblas de maquiavélica

aurora, en otrora de memorias,

vienen imágenes de una perdición asegurada y vistosa.


El hombre galopante, 

hecha vapor de azufre al respirar.

En su mirada,

porta el fuego de la hambruna que lo impulsa a

conquistar

su miedo de dejarse ir en cóleras corporales,


Abre la puerta, golpea las sombras que inundan el depósito.

Entre cajas de origen inconexo,

un sonido toma pretencioso protagonismo en sigilo-


Escúchanse voces de cercano

parlar, mi destino corre al mismo trazo que el 

trote, de un cobarde pronto a conocer mi choque.

En dónde estás para que puedas devorar

de plomo una tormenta como garúas en lluvia

de meteoritos solitarios...


El hombre, en sus garras el fierro listo para actuar.

Sus ojos, una penetrante ilustración de abismo.

En su mano, el picaporte listo,

gira el dispositivo.

Abre el umbral.

Una voz, toce en lo que no se sabe

disfrazar, el callar con la obscuridad.


Un hombre grita, con silencio en vez de verbo-

 ¡A ti..! por qué te tuve que encontrar...

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