Regañando,
entre los dientes, un enjambre
de sensaciones:
un atelier de percepciones.
Escondiendo
el orgullo
a la cúspide del ángulo,
del ojo, su torcida asunción,
hacia el horizonte,
ese en que no se vislumbra más
el atosigar constante
de la mirada tercera,
frente a mí.
Obscurecer,
la lágrima tácita,
marchita,
para que nazca como
no habida
ante el observar penetrante
del umbral.
Del.
Puño evoluciona
y
se vuelve el apretar.
El sesgo, como nunca...
gritándole.
El orgullo
se pasó
de su química volátil
del bluff social,
en su fórmula
egocentrista,
del coqueto dominar.
La química social
explotando y
en vez de transmutarse
en flujo
tornasola en muro.
Una valla.
Una estafa.
Una combustión prolongada.
Espontánea.
Como fuga de propano
mal proporcionado...
En el espacio
diseñar
las estrellas que ya, no pronto
Erupcionar.
Volcán de vociferar.
Y
mientras tanto,
el ruido algente
de la sangre, en las yemas,
se hace más presente
que nunca
en este momento.
Mientras trato
desesperadamente
de divulgar falsedades
por
carecer de las verdades
apropiadas.
Para apaciguar.
La interacción que
hace tiempo ya caducó
y se volvió
una guerra de miradas.
Mal direccionadas.
Que.
Sin intención de aparentar,
tratan verazmente de aplastar.
Quebrantar.
Cosmovisiones como
muelas rompiendo cáscaras
de nueces con
realidades como
carne sabrosa
en tanto
se descubren nuevas formas
De dominar.
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