El humo crece a la par
que la mentira se acongoja, añeja.
Se percibe como una realidad objetiva,
siempre cambiante, perpetua
una hojuela de oro que reluce en todos sus ángulos:
la mar de la vista que se viste, en sus ojos más cerrados,
Más profundos.
Encerrados en la ilusión humana del crecer.
No estoy aquí para botar epifanías ni
empatía fingida por saberse, incipientemente
Humana, la mente más carnal se muestra
Como su versión más minimalista y voraz.
Las estrellas me cantan y lo siento,
una sombra toma y lleva me a otro plano.
Seré el Fuego de Aristóteles?
O acaso es mi destino obscuro ser
el Leviathán de Rousseau.
Solo sé que las fibras táctiles del espacio hueco me susurran:
no soy dueño del eje matriz del Todo sobre la Nada blanca.
No tengo, en mi palma, las epidermis como médula osea de
mis sentidos en película carnosa-
No quiero, que mis años se acopien en socorra.
El Niño, abierto en su hueco de mente,
un Universo vacío de tristeza y sinandar.
El Anciano, aún hambriento,
pronto
próximo el despegue, el ocaso fugaz.
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