El espiral adamante
quema su visión
cortante
nublada.
Es esperpento
el que se alaba,
a los aires, hacia los cielos;
nunca inquieto, suficiente
para sangrar las palabras
necesarias...
Te derrites o derrotas;
las locuras perdidas de una euforia,
previamente apuntadas
sin avaricia
ni maldad.
Todo lustre y poco esclavo,
mientras reposo mis resagos
como faros.
Y los pulen
las moléculas
de polvo
que los abrazan
desde antaño.
Es la verdad puesta
en mármoles deshonestos...
Se así pudren así al sol
ya las carcasas,
y las corazas
encarnadas en tornasol
del girar perpetuo de una
mirada,
puesta sobre el final de
una ilusión
inspeccionada.
Un espejismo
vuelto gloria.
Canciones aceitadas, cual tronares,
y cascabeles rechinando
entre las sombras.
Es la patética
indisposición del alumbrado,
recatar los presagios
de un abismo
bien alimentado...
Es hora pues
ya de avanzar
la yegua por el camino
mal intencionado.
No apedreado sino antes,
descifrar los enigmas del enano.
Ese que llano yace
quemando las huellas hacia el establo.
Y mis trompetas nunca quietas
quiebran cumbres de sus llantos.
Girando espinas sincronizadas
contra mi tacto.
Historia incinerada, junto a todos
los pobladores de sus fallos.
Ya no es tiempo
de crisis mas de
indescriptibles raíces
de sulfato.
Un saturar perpetuo
que no presenta, sé
que de sus vidas pasadas
los ecos han de hablarnos.
No son laberintos
indistanciados de
puertos amables para el caobo.
Crecer demora y de sus frutos:
Una intriga.
Una trocha.
Una perdición.
Una escoba.
Quizás de nuevo mire,
hacia el olfato.
Y de mi calmo,
surjan nuevas formas
de equilibrarnos.
El sanarnos.
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