jueves, 24 de noviembre de 2022

Pasos tomados sobre el azar

 

El espiral adamante

quema su visión

cortante 

nublada.


Es esperpento

el que se alaba,

a los aires, hacia los cielos;

nunca inquieto, suficiente

para sangrar las palabras

necesarias...


Te derrites o derrotas;

las locuras perdidas de una euforia,

previamente apuntadas

sin avaricia

ni maldad.


Todo lustre y poco esclavo,

mientras reposo mis resagos

como faros.

Y los pulen

las moléculas 

de polvo

que los abrazan

desde antaño.


Es la verdad puesta 

en mármoles deshonestos...

Se así pudren así al sol

ya las carcasas,

y las corazas

encarnadas en tornasol

del girar perpetuo de una

mirada,

puesta sobre el final de

una ilusión

inspeccionada.


Un espejismo

vuelto gloria.

Canciones aceitadas, cual tronares,

y cascabeles rechinando

entre las sombras.


Es la patética

indisposición del alumbrado,

recatar los presagios

de un abismo

bien alimentado...


Es hora pues

ya de avanzar

la yegua por el camino

mal intencionado.


No apedreado sino antes,

descifrar los enigmas del enano.


Ese que llano yace

quemando las huellas hacia el establo.


Y mis trompetas nunca quietas

quiebran cumbres de sus llantos.


Girando espinas sincronizadas

contra mi tacto.


Historia incinerada, junto a todos

los pobladores de sus fallos.


Ya no es tiempo

de crisis mas de

indescriptibles raíces

de sulfato.


Un saturar perpetuo

que no presenta, sé

que de sus vidas pasadas

los ecos han de hablarnos.


No son laberintos

indistanciados de

puertos amables para el caobo.


Crecer demora y de sus frutos:


Una intriga.


Una trocha.


Una perdición.


Una escoba.



Quizás de nuevo mire,


hacia el olfato.


Y de mi calmo,


surjan nuevas formas


de equilibrarnos.


El sanarnos.


domingo, 13 de noviembre de 2022

El final de la cuerda no siempre es un nudo.

 

Caminando hacia un destino,

sin trocha.

Ni sentido.

Pero siempre en altruismo

con uno mismo.


Sintiendo el sosiego

de lo aprendido.

Quemando cual tajante,

la lección

en el altiplano.


Desde los escombros,

la furia de un rechazo.


Y, entre tiriteos espirituales

yace

la semilla de un hallazgo.


No es sino, la oportunidad

de crecer cual culebra,

sobre

las cornisas...


entre las brisas,

he de arder,


entre pisadas,

las tejadas también;

temblarán, desde sus risas

hasta el alquitrán.

Negro como la sombra

de un Huracán.


La protuberante quijada

de una escalofriante

anti-virtud inquietante.


Esa misma que me deja

contemplando las formas y texturas.


De todos los rezagos marchitados,

que dejan mis errores al pasar.


En sus esfinges,

mi columna escarlata,

quién se esconde,

quien se humilla

mientras diluye,

mis llantos malnutridos-

y si bien,

no mal intencionados,

sí humoríficos

por sus calvarios.


Entre sus brasas,

los estropajos.

Desde la cúspide, mi mirada:

Observando la penetrante

presencia cósmica

de las consecuencias de mis actos.


En una retrospección perpetua

perturbante.

Deslumbrante en tanto

no se presenta,

pero sí que increpa...

desde su cueva,

todos los parámetros

de la conciencia.

Madre,

como circuito hecho

una placa implacable

pero amable.


Me deja introspección sobre mis pasos

pero jamás, poder de acción, en el hartazgo.

Y ni hablar del prevenir, del impacto innato.

El constante chocarse mientras se elude.

La perdición constante mediante

no me quedan sino, los ascos,

tras el hastío

de ver la misma piedra

en la esquina del retablo

que deambulo.


En cuerdas dando círculos,

buscando tregua,

de una guerra que yace no sino,

ya no en el establo,

en la posada,

de la Noche.


Una oportunidad.

La pepita de oro

entre girasoles calcinados.


Una chance del romper

las repiticiones del antaño.


Quién sepa y ya sabremos,

cuán lejos habremos

el llegar...


Una vez cruzada esa puerta

al final del estatus.


Una vez muerta la estatua.

Y nacido el Hombre.


Una acción perenne ensimismada.

Emocionada por sus pasos.


Mirando hacia el futuro

que trazamos.