La sonrisa va a encararse de cara
contra la maceta de una flor que se avecina.
Regalarla es
pues, una dichosa bienvenida;
y
tras tantas paranoicas rutinas,
se empotra una disposición que
vuelve sabia a la sapiencia:
una erudita que graniza.
Así es, pues,
que el horizonte se hace grande en tanto
mi visión se nubla con tanto
llanto.
De los humos de los aires
dentro del llano
plano latente a la sombra,
que se forma
en mi mano, desnuda ante la brisa
vespertina.
Los colores mutantes envejecen
como
tonalidades conocidas
del familiar sabor azabache,
quienes ahora me susurran que ya es hora
de probar caminar más lánguido por
las nuevas rutas de otrora.
Y distinguir mi canto del
que las olas que dominan,
la cumbre de la incertidumbre
tras el umbral
del que todos temíamos
las peores mentiras malconcebidas.
No eres tú, vetusta yegua,
sino la misma amistad,
conocida.
No enemiga sino una amable Guía.
No eres otra entonces, sino la Astilla,
hasta el hastío del trovador que dictamina:
Sus andares en las leguas,
escritas sin tu tinta.
Escritas mas con las palabras
que retumban las retinas.
Sonidos que acarician a la vista...
Solo eres tú
la que avecina.
La que toma forma cuando por fin
ya es hora.
De volar.
Cometa Vespertina.
Hermana Anciana.
Vieja sabia y erudita.
Ya es hora de deambular juntos
Las
diversas sombras conocidas.
Ya es hora de chispear juntos
candentes
las médulas.
Hora de prender la llama ancestral
Las Tinieblas Realidad.
Su más largo y cruel
Paradero de sensaciones.
Una nube polvorienta, hecha de calcio y tonalidad.
Colores indescriptibles, para quienes no saben
parlar, saborear, los páramos prohibidos.
Una simulación de cataclismo.
Un instante que no cambia,
pero que transcurre en el mediante
en que la Realidad se acaba.
Una pausa.
Un segundo.
Una eternidad
disfrazada de azar.
Un disparo.
Un segundo.
Una Realidad.
Hecha sombra y paz.
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