Sombra taimada.
Sombra que asusta.
Sombra que se posa cual cuervo
en la mirada.
Hijo de la tiniebla, encontrarás
un nuevo hogar entre la niebla,
no en vano surgirán
todas las más antiguas consecuencias.
Como tótem que se posa,
sobra la obscuridad que ya no adorna
los pasajes entre la alfombra y alumbrado:
la caja toráxica de lo que solía llamar mi alma,
es ahora la candela de una indignación prolongada,
y en mi recinto ya no cabe ni presagio
ni almohada que sobresalga
del camino para ablandar
mi caída.
Como peso muerto
cae consigo su consigna.
Y la experiencia muta en tanto se disfraza
de pájaro en pájaro como arlequín, que se dispara,
sin rabia,
hacia la cabeza de mi mirada más profana.
Negra como el cielo que atesoran
mis estrellas más vetustas,
frías como el mismo espacio muerto que
las rodea,
en calma,
en paz,
en remota
soledad.
Es mejor conseguir el paso mientras aún se puede caminar.
Y no esterilizar los caminos,
que ya no vienen a cantar.
La melodía será lo que nos une.
La música será nuestro desdén.
Recordaré siempre nuestras urnas.
Recodaré siempre nuestro mar.
Recordaré siempre tu tristeza.
Recordaré siempre nuestra paz.
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