Una flor encapsulada en un desastre.
Natural.
Es la necesidad de ensimismar
un tornado en una sílaba.
Lo que siento es nefario;
lo que promulgo, profano.
Gaseoso, el deseo de continuar,
en cantos oníricos pero falsos.
Puedo volar adentro mi propia sapiencia,
pero me ahogo al saber que mi
estúpida consciencia:
Te esculpe, de las llamaradas,
Un Deseo
al verte transmutar el aire en anhelo.
En esta tierra que se rige a dos monedas,
este infierno sabe a dos momentos compañeros.
Y mi fiera quiebra en pena
al recordar lo que perdió.
No quiero verte marchar
ni convertir tu piedra en escultura,
como mármol pintado con tizas postizas.
Como un telar de sombras de abstinencias...
Quiero ver tu amanecer,
hecho una esfinge colorida.
Una quimera atrevida.
Pero no soy titiritero ni menos diablo.
Soy humano cuando menos,
echo de menos siempre al sosiego
del pensar
que de un átomo partirán dos historias
corroídas
en ceniza
Blanca.
Pues molécula somos
y materia seremos,
aun cuando el espacio grite con ánimos
prestados
-y con anticuado reparo-
prolongado...
nuestros nombres
en los abismos que conocemos.