miércoles, 2 de mayo de 2018

Macla


La obscuridad se alza.

Como velo negro que serpentea, en el rabillo de la mirada,

del lugar que se asoma por donde repta:

cosechando almas desde la penumbra que pena,

el corazón de algo maligno con tino fiebre

aun latente mora entre alrededores.


Al cruzar, el portal es marrón pesado que vislumbra

dos grandes ojos negros con iris morados de tiniebla.

Abajo, un ángel caído sostiene a una doncella, en decadencia:

He aquí la cena del Dragón.

La ninfa suspira ida, su último adiós de despedida,

en forma de mirar, aguantando la lágrima seca en benigna

asunción sabida del espectáculo pronto por actuar.


Dulce caramelo pimentón, 

requesón de coctéles ácidos, de paladares exigentes.

Una expresión tersa y suave que se extingue,

una risa macabra y poderosa se avecina.

En su mirar, ya no hay muchacha ni cabida para alguna,

en sus pupilas solo respirar la cal.


La bestia se libera y la destroza sin atar.

Su mente se trastorna en dimensionalidades de su ser.

El deseo toma forma de su mirada,

la locura cobra vida en su andar.

La fibrura de su cuerpo incita, el pecado original del hombre al acechar.

Su canto suspira, el esputo incoherente de una mano perdida,

buscando tregua alguna de la brava mar.


El rasguño crece pronto en tajo,

el beso evoluciona en arrancar.

 La mente se despliega de las capas de humanidad

que no le consta quitar, para presenciar mejor los actos,

sin equipaje que llevar.


Al final del día se sientan los Trovadores.

Los eternos que perduran mediante por siempre moran.

Los páramos del tiempo y de su azar.


Se quedará tu sonrisa derretida, conmigo,

en mi alma y como cicatriz por descifrar.


Se quedará la risa de tu sombra.

La ternura de tu maldad.

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